13 jul. 2018

Encuentro

Quien habla así a medio nacer
cruzó la noche arada y su tierra.
Quien llega y florece
asomado sobre el alero
de la casa amarilla.
Quien se dice y va en la piel a tientas.
Pisadas o espigas de cereal nuevo.
Nada que traer a este encuentro.
Abiertas las manos
vacías
de forma que haya sitio y lugar.

14 jun. 2018

A modo de prólogo


Soltar escritura en la voz

Había un espacio aromático de leña y humo que los acogía. Un espacio interior junto a las brasas. Un hueco encendido en el último rincón. En la hundida, la solitaria casa en sombras. Un murmullo de lana tejía las voces.

¿Pero dónde quedaron ya sus historias?

A través de Agamben, elaboro esta respuesta. Él cita a Benjamin, quien a propósito de la lengua y su función en la historia de la cultura, dijo esto que sigue:*

“La esencia de la prosa es perecer, esto es, ser comprendida, esto es ser disuelta, destruida sin retorno, enteramente sustituida por la imagen o por el impulso. En tanto que ha alcanzado la perfecta transparencia a sí misma, en tanto dice y mienta ahora sólo a sí misma, la palabra restituida a la idea se disipa inmediatamente, es “pura historia”, pero una historia sin más gramática ni transmisión, que no conoce pasado ni repetición, sino que descansa únicamente en su propio transmitir.
Pareciera, se me ocurre, que el tiempo adelgazara las historias hasta desprender...
...hasta ir soltando peso, contenido y comprensión...
Así, adelgazada hasta el hilo, la memoria o quizás lo callado de la memoria, el cuerpo, conservaría el empuje del impulso, pero no la anécdota.
Aquel murmullo de lana junto a las brasas, que me acompaña en esta otra orilla del recuerdo, sería lo que el silencio del cuerpo salvó...
“....el pasado debe ser salvado no tanto del olvido o del desprecio en que se lo tiene, como “de un determinado modo de su tradición”, y que “el modo en que él es estimado como una herencia es más funesto que lo que podría ser su desaparición”. Y aun más: que la historia de la cultura acrecienta el peso de los tesoros que cargan sobre los hombros de la humanidad. Pero no le da las fuerzas suficientes como para sacudírselos de encima y tomarlos en sus manos.”
En la lengua hay una manifiesta tendencia hacia la solidez: se busca la fijeza, el peso del conocimiento, el dato, el concepto o la anécdota... tendencia que finalmente se hizo y se hace a cada paso escritura, pero lo inmemorial de la lengua ocurre debajo, sin peso, en la voz. Y quizá naciera lejanamente alguna vez en el canto...
“Aquí la lengua desaparece como categoría autónoma; ya no es posible hacerse una imagen distinta de ella ni aprisionarla en una escritura: los hombres ya no escriben más su lengua, sino que la celebran como una fiesta sin ritos, se entienden entre ellos como los nacidos en día domingo entienden la lengua de los pájaros.

Como los nacidos en día domingo, entienden la lengua de los pájaros,
como la piel desnuda reconoce lana sin peso en la voz.



Cubre
la espalda
lana
de otras conversaciones
cuadrícula a cuadrícula
igual que trinos.

Como viene del aire
así va
la voz.
Desciende
sin explicación peldaños rotos
enmusguecidos
y nada pesa más que los vilanos.

Ni roce
ni piel de tenue soledad
visitada
con el cuidado en cada paso.

Sin peso
sin nada más que voz y piel desnuda.

*Los fragmentos entrecomillado pertenecen a Potencia del pensamiento, de Giorgio Agamben, Ed. Anagrama.

8 abr. 2018

El sonido


Anochece
con un largo sonido que no termina
que nace y chisporrotea
soplado desde el rescoldo en voz baja.

Algo más lejos
entre las mesas del bar
las manos beben graves.

Y se alarga la luz hacia las calles
sostenida.
Es ternura
de quien solamente mira.
Hay matices de color cerca de la oscuridad
en danza por los bordes.

El cuerpo casi se atreve
al aire
y calla.

Tienen las piedras y las paredes
mal encaladas algo que pertenece
y pesa en la calidez.
En lo opaco
el latir del cuerpo luce.

7 abr. 2018

ENTRE LAS VOCES, UNA



El cineasta Werner Herzog escribió mientras rodaba Fitzcarraldo en la selva amazónica un diario que muchos años después publicó bajo el título de Conquista de lo inútil.

La mirada va posándose en la exuberancia contradictoria de la selva. Lo raro, lo desmesurado, lo mínimo, lo frágil, lo bello y lo atroz entremezclados.

Bajo la perplejidad, Herzog se siente tomado por la voz. La escritura en los cuadernos, en circunstancias que rozan lo extremo a veces, surge sin pretensiones, de manera natural, como una continuación de la mirada. Como dice el propio autor: “un conjunto de paisajes interiores nacidos del delirio de la selva”

Le ocurre a cualquiera. Algo dentro empuja alguna vez a tomar el lápiz y dejar constancia del asombro. La capa de rutina con que la costumbre suele cubrir nuestra mirada, allí se cae. Entonces, con la perplejidad a flor de piel, el ritmo de fuera despierta el interior. 

Hay un entrecruzamiento. Siempre la doble dirección entre el dentro y el afuera. La poesía es inútil, pero muestra una determinada dirección.

Una mirada sin pretensión acoge el mundo y tiembla junto a él. Entonces, enseguida la voz se ofrece, o brota ofrecida, todo lo contrario de sentirse arrastrada hacia un objetivo.

Puede ser poema. O puede ser silencio de tantas veces que únicamente eriza piel o abismo.

La conquista de lo inútil ocurre cuando cesa la conquista. Tiene el valor de subvertir la dirección habitual de nuestra vida, la de todos, la cotidiana. La que damos por inevitable. Agotadora. Habitualmente cogidos por la búsqueda y el afán, todos sentimos la tirantez de un hilo que nos arrastra desde el interior hacia el mundo, hacia su valor material, intelectual, o emocional. Ganancias bajo mil formas y subterfugios. Siempre hacia un objetivo, una pretensión, un fruto, una utilidad. La conquista es la prosa de la vida, aunque esté demasiadas veces escrita en verso. Ir, estar yendo siempre hacia, persiguiendo... una idea, un lugar, una emoción...

“ A distinguir me paro las voces de los ecos
y escucho solamente, entre las voces, una”

Dijo Machado. Esa que se distingue de las otras voces, esa una, es la voz del interior. El nacimiento del ritmo.

García Lorca viajó en 1929 a otra selva, contradictoria y exuberante: lo raro, lo desmesurado, lo mínimo, lo frágil, lo bello y lo atroz a la vez. Nueva York. Allí, en un momento vital confuso, su atención se abrió a la desmesura subyugante de la metrópoli.

Era Federico García Lorca y desde niño había entrenado su mirada en el recodo íntimo de la vega granadina y sus gentes. De esa mirada surgía el brío insoslayable de su voz. Pero su interior conocía mucho más de lo que había mirado. Y seguramente había sufrido en silencio mucho más de lo que imaginamos y decían sus versos. Creo que dolor suyo y dolor de otros. Bajo la extrañeza de Nueva York, cayó la capa de la costumbre, y todo un río de ritmo brotó de su interior. Raro, desmesurado, mínimo, frágil, bello y atroz a la vez.

El mismo Lorca lo expresó en 1933: allí "las aristas suben al cielo sin voluntad de nube ni voluntad de gloria". Allí, entonces, o sea, aquí, ahora, se hace necesaria la voz, y entre las voces, una.

Ese río nos sigue mostrando después de casi cien años la dirección contraria. La conquista de lo inútil. Escribir un poema, publicar un libro. La ocasión es estupenda. Federico sigue siendo hoy río nuestro: apreciado rumor inútil en la memoria atroz del país de la conquista. Nuestro país, aquella conquista.

Si os encontráis con este libro, no dejéis de tocarlo, de escucharlo un poco. Contiene, entre las voces, una. Y si os apetece leer o volver a leer Poeta en Nueva York, esta es una feliz ocasión. "Se trata del número 3 de la Colección Tabacaria de Karima Editora: Poeta en NuevaYork, Poetas de Tierra y Luna. Además de reproducir íntegramente el mítico libro de Lorca, cuenta con las voces de 36 poetas que escriben en homenaje al poeta granadino. También contiene los dibujos poéticos de Ricardo Ranz que hablan por sí mismos".

2 abr. 2018

Un decirse el mundo en la mirada



Una palabra que va al encuentro nombra de alguna manera lo que somos, y así, mientras cruzo lo ocioso y sagrado de esta semana, voy pensando la existencia como un ir diciéndose las cosas, un decirse que en el fondo supone la continuada renovación de nuestra conexión con el mundo, momento a momento. Y es que el decir ocurre sin cesar, no hay ningún silencio en la mirada, porque ella reúne y conecta cada cosa con otra, la brisa con las hojas, la luz de un sol de invierno con la piel aquí junto a la ventana, y allí enfrente donde la hierba. Y así todo lo innumerable ocurre, según brota la existencia mientras se da el percibir.

Ocurren, suceden innumerables entrecruzamientos, a poco que uno acuda a la escucha. Por ejemplo, esta mañana, Parménides acude recortado a partir de una cita que conservo en una vieja libreta, acude y se conecta  a la teoría de los colores de Goethe, que ayer mismo leía.

Dice la cita de Parménides:

“según cada cual tiene la mezcla de sus miembros múltiplemente errantes, así se instala cabe los hombres el percibir...”
y sigue luego...

“en efecto, el más, el predominio de la luz o la noche, eso es la percepción”.

Enseguida sigo aquel hilo del comienzo, pero ahora me detengo durante una leve parada, para reposar con el asombro libre de interpretación o juicio esa frase, traducida por alguien, por supuesto traducida, pero digna de brillar exenta, sin significado, ella sola:

“….miembros múltiplemente errantes”.

Esto me parece desde luego un encuentro... de tres palabras que se tienden delante, aquí a mis pies, como un sendero se tienden estas palabras y me conducen bajo el asombro invernal y levemente cálido del sol, aquí donde estoy junto a la ventana, con la hierba afuera, reciente y dividida en franjas de luz y sombra.

Ayer mismo en el libro Capturar la luz, de Arthur Zajonc, que es como una biografía de este fenómeno  que nos envuelve por fuera y por dentro, ayer mismo leía sobre la Teoría de los colores de Goethe. La aportación de la que el poeta romántico estuvo más orgulloso al final de su vida, por encima de toda su producción literaria.

Y no era para menos ese orgullo del poeta, en un tiempo en que nuestro mundo iba cayendo ya por entonces, cada vez más claramente iba cayendo en el mecanicismo físico iniciado por Newton, o sea el mundo entendido como una máquina, esto es, todo está dado ahí fuera, todo ahí fuera dándose de una manera ineludible, bajo unas leyes deterministas, que dejan al hombre poco lugar para la libertad, la imaginación creadora y finalmente poco espacio para su humanidad compasiva, poco espacio para que exprese su ternura hacia cada cosa que le rodea y hacia otros seres. Justo en ese marco histórico con el cual se inicia un etapa voraz y depredadora del hombre, al comienzo de la era industrial, justo en ese marco histórico, digo, intento deciros, Goethe de pronto advirtió como en un destello. Goethe vio tempranamente el error de Newton sobre la luz, crucial error para nuestra existencia considerando ahora a dónde hemos llegado después de ya más de trescientos años.

Newton describió la luz como compuesta de manera intrínseca por los colores, o sea, los colores están en la luz, los colores como trozos, como franjas de la luz. Goethe después de mirar infructuosamente a través del prisma en ciertas condiciones, se acercó luego a la ventana, como aquí mismo, junto a la ventana, caldeada por sol de invierno en  este inicio de la primavera, colocó el prisma en el límite de la luz y la sombra y justo ahí apareció toda la gama de colores. Entonces tuvo el destello: Newton se equivoca. Los colores no están en la luz, surgen de nuestra interacción con la luz.

“...en efecto, el más, el predominio de la luz o la noche, eso es la percepción”.


El mundo no es algo ajeno, exterior y desgajado de quien percibe. El mundo puede ser leído, visto escuchado, tocado de otras maneras. El mundo puede ser visto como la representación que a través de los sentidos emerge en la conciencia a partir de todo lo que vibra ahí fuera. Eso que vibra ahí fuera, el frenesí innumerable de las partículas o las ondas, junto al frenesí de nuestro cuerpo, que también vibra, nadie lo niega. Hay longitudes de onda diversas que son la base del color, como dice la ciencia siguiendo a Newton. Y lo vió con tan buena fortuna para toda una parcela muy importante de nuestro desarrollo, la parcela tecnológica de lo humano. Pero la objetividad, independencia y desgajamiento de esa imagen construida por nosotros y que representa nuestro mundo, la independencia de eso visto con respecto a nuestra percepción y a lo que nosotros también somos sí es cuestionable. Quizá deberíamos haber indagado más en esa otra forma de la mirada, siguiendo a Goethe, y otros pensadores como él, para compensar la frialdad del maravilloso y tremendamente útil desarrollo tecnológico, para conectar, seguir conectando con nuestra capacidad para la ternura, hacia cada cosa que nos rodea, hacia cada ser vivo, y hacia cada persona.

La mirada tecnológica se ha acercado con tanta minuciosidad a la materia y la vida, a nivel microscópico incluso, que finalmente la materia y la vida se han alejado de nosotros, de nuestra sensibilidad.

A Goethe le gustaba explicar el mundo a través de lo que el llamaba arquetipos, ideas que nacen de la observación sensible.

Así los colores cálidos ocurren cuando la luz atraviesa regiones de sombra. La gamas del amarillo al rojo podemos comprenderlas simplemente mirando el atardecer, cuando la luz ya lejana llega hasta nuestro ojos a través de una extensa distancia que ya se va quedando en sombra. Cuando las zonas más cercanas a nosotros van oscureciéndose, a través de esta oscuridad nos llega el lejano blanco luminoso del sol, pero lo que ocurre es que cuando aquel blanco atraviesa la sombra para llegar hasta nosotros, se convierte en un incendio de matices del amarillo al rojo. Eso es el atardecer.

Sin embargo, los colores fríos, toda la gama de azul desde záfiro del amanecer que vio Dante al salir del infierno hasta el luminoso azul claro del mediodía, se comprende observando el cielo durante el día. Es justo el fenómeno contrario. Toda esa inmensidad que es negra en el espacio nocturno, nos llega durante el día a través de nuestra atmósfera iluminada por el sol. Ahí entonces se producen todas las gamas del azul.

Es como si lo cálido del color, del amarillo al rojo, se produjera cuando la luz llega hasta nosotros a través de la oscuridad durante el amanecer o el atardecer.

Y al revés, es como si la gama de azules se produjeran cuando la sombra, cuando la oscuridad y negrura inmensa del universo llega hasta nosotros atravesando la luz diurna y cercana de nuestro sol.

Goethe, junto a la ventana, allí en el limite de la luz y la sombra, colocó el prisma, surgieron entonces los colores, y comprendió la luz.

Y aquí junto a otra ventana, he abierto la libreta, y la cita de Parménides me ha dado luz, un leve calor que me atraviesa al final de esta largo invierno:

“según cada cual tiene la mezcla de sus miembros múltiplemente errantes, así se instala cabe los hombres el percibir...”
y sigue luego...
“en efecto, el más, el predominio de la luz o la noche, eso es la percepción”.

El mundo, como el color, ocurre aquí junto a la ventana donde estoy, en este intercambio entre la luz y sombra.

Son muy importantes los detalles minúsculos y microscópicos de eso de ahí fuera, pero no podemos abandonar la importancia de que somos mirada, mirada diciéndose, somos percibir.

Se hace fácil comprender esta afirmación que voy a hacer a continuación, basada en otro libro que me ha acompañado estos días, Salvar las apariencias, de Owen Barfield. Si queréis podéis deteneros un instante para reposar cada afirmación:

“No puede existir un arco iris nunca visto”.

Evidentemente ahí en el aire frente a nosotros hay un frenesí de partículas o de ondas vibrando a velocidades diferente y formando texturas que van de lo luminoso a lo líquido, de la luz a las gotas de agua. Nadie niega ese frenesí de fondo ahí suspendido. No está vacío el mundo. Pero solo cuando pasa alguien por ahí debajo a una distancia adecuada y observa, entonces, justo entonces, ocurre el fenómeno que se denomina aro iris: ese alguien recibe un impresión visual, física, en el órgano físico de sus ojos, y de manera casi inmediata, solo un imperceptible instante después, algo emerge en su conciencia, algo ya inmaterial, una imagen a la vez que una designación, aro iris.

Este fenómeno, arco iris con sus colores así explicado es una representación construida por la mirada de alguien sobre un fondo que antes de ser visto solo es masa informe de partículas vibrando, algo sin representación.

Quien quiera puede adentrarse en una apasionante y difícil indagación y dar un paso más:

¿existe un trueno nunca oído?

¿acaso puede darse la solidez del tronco de un árbol sin estar dotados con la forma de un cuerpo que sea capaz de tocar ese árbol, rodear su forma, abrazarla y palpar su aspereza?

Ciertas ondas se propagan siempre en el aire de la tormenta. Pero el trueno ocurre al llegar esas ondas a alguien con los sentidos adecuados para poder convertirlas en sonido.
También innumerables partículas en una invisible y para nosotros intransitable danza frenética están conformando lo que hemos dado en representar como tierra, roca o árbol y tantas cosas sólidas más. Pero su solidez ocurre al contraponer la propia y frenética vibración de nuestro cuerpo que no pueda traspasar la otra solidez de apelmazado frenesí, y siente entonces la solidez del árbol, por ejemplo, cuyas hojas, por otra parte, sí se empapan y beben de la luz, y cuyas raíces si pueden absorber humedad y componentes minúsculos de la tierra. En realidad el árbol, no es tan sólido, es tan permeable como nuestra solidez, a las sustancias adecuadas.


Así ocurre también el aroma, dentro de nosotros, en minúsculos intercambios, al aspirar el aire, o así ocurre el sabor de la manzana, ocurre el sabor solamente al masticar la manzana y al deshacerse en nuestra saliva sus componentes mínimos.

Siempre hay algo, un bullicio de partículas u ondas entremezclándose, por llamarlo de alguna manera, ahí fuera, o aquí dentro, en nuestro cuerpo, algo que no está representado en ningún sitio con esa forma o aspectos que nosotros le damos, hasta que a través de los sentidos se mezcla con nuestras propias partículas y en nuestra conciencia emerge la imagen de todo nuestro mundo. La solidez del árbol, la dulzura de la lluvia en nuestro rostro, deslizándose hacia los labios, su sabor, el aroma de la tierra húmeda, el fragor del trueno, la belleza, imposible de tocar, del arco iris, y todo el incendio de colores del atardecer. El mundo que conocemos nace en la interacción de algo interior con algo exterior. Va de lo sensible, lo físico, lo material hasta la imagen inmaterial que se forma en la conciencia. El mundo ocurre en el entrecruzamiento de lo material y lo inmaterial, como imagen, representación.

Yo decía al principio de este texto que el mundo se va diciendo paso a paso, nuestro existir es un ir formándose a cada instante la ola de cada representación, y entonces, por debajo de los sentidos, la conciencia va tejiendo cada cosa, las hojas con la brisa, el sol de invierno con la piel, la hierba a través de la ventana con la luz, el ocio de la semana santa con recuerdos y sabores entrañables de la infancia... y la familia... hilos, hilos.. que segrega nuestra mente, emergiendo de un frenesí minúsculo de partículas u ondas de fondo como cuando las antiguas pantallas de los televisores se quedaban sin señal.

Permitidme esta metáfora: Como algo parecido a esas pantallas se quedaría el mundo, así sería el mundo, si ninguna conciencia pudiera percibirlo. Es una metáfora. Este es ya el trabajo de la física cuántica, que está mirando ahí, en la hormigueante pantalla.

El mismo Plank cuando a principios de siglo descubrió la trascendencia del “cuantum” que inaugura toda la física cuántica, y trastoca la herencia de Newton, se dio cuenta y compartió ese vértigo con su hijo de ocho años: me parece que he descubierto algo equiparable al giro de Copérnico o Galileo. Pero el mismo se resistió durante algún tiempo a soltar el lastre y las querencias del viejo conocimiento en las siguientes conferencias y debates científicos.

Hoy en día la experimentación de la física cuántica abre el espacio de la perplejidad, e inaugura otra posibilidad para nuestro conocimiento. La materia parece comportarse de una manera insensata mirada a nivel cuántico: de manera sorprendente, se producen resultados distintos en idénticascondiciones, haciendo solo un simple cambio: poner un observador. La percepción, el observador, es una parte ineludible, imposible de ignorar de como se comporta el mundo. La importancia de la mirada. La mirada dice, la mirada construye, el mundo es un decirse en la mirada.

Zajonc cuenta el caso de un niño ciego de nacimiento a causa de unas cataratas al que la cirugía rectificó el defecto de los ojos a la edad de ocho años. Destaparon sus ojos operados y el niño seguía sin ver, su mente no había adquirido durante sus primero años de vida la destreza de formar imágenes inmateriales en su conciencia a partir de los datos sensoriales porque esos datos no llegaban  por el defecto del ojo. Cuando al fin le llegaron esos datos después de la operación, su mente necesitó un lento proceso de aprendizaje para formar las imágenes del mundo, que sin embargo, si era capaz de formar a través del tacto o los otros sentidos. Tenía una mano moviéndose frente a él y no veía nada, pero en cuanto la tocaba decía: se mueve. El mundo tal como lo conocemos es un entrecruzamiento de datos sensibles y una laboriosa construcción mental, inmaterial.

No se trata de algo mecánico. No se trata de una realidad ahí fuera, perfecta y desgajada de nuestra mente, no se trata luz compuesta de manera intrínseca por franjas de colores, como pensaba Newton, y no se trata de un ojo que funciona como una máquina. No ocurre que si corregimos el defecto de la máquina el mundo entre diáfano en nuestra mente. Se trata de que el mundo lo construimos con la colaboración ineludible de nuestra mente.

La solidez de la tierra atravesada por la fluidez del agua, nos habla de nuestro propio cuerpo, solido, atravesado por la circulación de la sangre, la transparencia del aire permitiendo el viaje del oxígeno hasta nuestros pulmones nos conecta a las hojas del árbol atravesadas por la luz, y el fuego del sol renovando a cada instante el calor dentro de cada célula de vida, repite a escala mínima aquella lejana combustión de las estrellas. Tierra, agua, aire, fuego..... los elementos que conformaban el mundo según los antiguos son hoy en día ondas o partículas mínimas, cuánticas, vibratorias. Pero la solidez, la humedad, la fluidez, el aroma, la transparencia, el color... son las mismas cualidades, antes y ahora, y esas cualidades existen solamente a través de nuestros sentidos en el fenómeno de la percepción. Esta mirada es la que nos puede conectar de nuevo a toda esa innumerable gama de fenómenos que en el algún momento sacamos de nosotros mismos para utilizarlos, manejarlos, esquilmarlos industrialmente sin ningún escrúpulo. Es la  mirada de quien se asoma al incendio del atardecer con una ternura que sabe  reconocer en su conciencia un tesoro innumerable de color y sensación. Solamente la mirada que abre ternura y luz en el interior puede cuidar el mundo de fuera y a cada uno de sus seres.

25 feb. 2018

A medio decir

Punteado como si la música fuera la flor de los dedos
sucede este raro existir de cine y distancia,
sucede a veces en el rumor de los bares.
Has buscado el vacío en otra esquina más
y luego alguien puede preguntarte
¿qué quieres? 
No hay que quedarse callado,
ya sabes que todo lo que se pueda decir
a medio camino
acerca con delicia un rostro a tus manos,
y todo lo que vaya a caer dentro 
de cada uno
necesita también tus lágrimas
y una dificultad áspera
que ocurre cuando la respiración
abre enfrente los ojos.
No abandones el silencio ni la pulcritud de las mesas.
El medio café está ya frío,
y todo está a medio decir.
Será como siempre,
lo que tu puedas terminar contiene solamente significado.
Ahora ya no miras el humo inmóvil en la memoria,
la seriedad del gesto está otra vez a la espera,
qué remedio,
pero cruzas el temor de las sillas vacías
y acatas la poca luz de las ventanas.
Seguir a través de esto que dura por sí mismo,
eso puedes,
con voces de río en curso llevándote en sus hojas,
sin que sea necesario, sin origen y sin finalidad,
punteado, sin dirección que vaya a algún sitio,
como cualquier música nacida en la flor.

9 feb. 2018

Paisaje


El trazo
o lengua que acompaña
            y esparce
mirada trozo rostro o rastro
                               a veces.
Van en las lomas las llamas
         de los álamos
                  con su ramaje seco
                  con su invierno posado
                                          emblanquecido.
Algo lleva el gesto de la mano
                                    que tiende
                                   al corazón
algo expande
                                   distancia
                                   curvatura.
El paisaje entra así dentro y luego
se lleva el aire capilar
                                  hacia el trazo
o lengua que acompaña
                                  o rostro.

13 ene. 2018

El frío

Extremado cielo
ofrecido en la flor de luz naciente.
Podríamos ir juntos al susurro sobre la nieve,
sin caminos, tanteando el peso del crujir,
escuchándonos cerca el vaho y la risa,
hermosos a través de la dificultad,
sin reconocer aún el otro lado atroz de las colinas,
ondulantes en el pisar
como insectos en fila por las lomas.
Pero la tempestad desató todas las manos
del amanecer ya encendido
en el lejano extremo de la ceguera.

23 nov. 2017

La forma

Cuando la oruga se encierra dentro de la crisálida, cesa la acumulación. Ella suelta y se derrumba, aunque se puede decir también que en lo mínimo de dentro se llueve a sí misma. Lo cierto es que ella se deja, para que pueda ocurrir la química. Toda la mínima organización celular cae bajo la acción de las propias enzimas digestivas. Cada minúsculo órgano es reabsorbido y la materia se reorganiza dentro del lento sueño en una estructura totalmente nueva donde nada coincide con nada. Lo que surge después es semejante a la flor, y allí acude a veces el mismo ser a por algo de aroma líquido. Su fragilidad en la curva del aire anuncia que nada pide. Ella solamente se ofrece y deja el rastro al dorso de la hoja, para que comience un nuevo ciclo. El breve resto de tiempo lo agotará yéndose al vuelo, en filigranas sin destino, y sin consumir alimento. Parece poética su forma y su breve vida, pero el verdadero poema que en ella se expresa había ocurrido antes, en la lentitud de la oruga, que después de alimentarse sin pausa, soltó toda el aferramiento y toda la forma.
En eso consiste un poema. Un poema, en esos pocos casos en que el poema consigue rozar la vida. Soltar el aferramiento a la forma. Para que pueda surgir el vuelo.
Ana, con generosidad y acierto, nos había llevado al estupendo mariposario de Málaga y ahora José Carlos, con callada atención y mimo, conducía por el centro de la ciudad trazando el diagrama de lo imprescindible, para suplir la brevedad de nuestra visita. En las farolas se anunciaba la exposición de Juan Gris y María Blanchard. De la estupenda oferta de la ciudad, supe enseguida que esa era ineludible. Y allí estuve enseguida.
El cubismo sintético tiene algo de oruga. Suelta la forma y se hace el silencio. El único sentido que la mariposa no tiene es el del oído. Su breve vida transcurre en absoluto silencio. Era inagotable cada cuadro, algunos casi hasta las lágrimas, quizás por la sorpresa, quizá por la mínima lluvia de dentro. Abrían desde el derrumbe de la oruga, el espacio de la mariposa.
Una vez le dije a un amigo. El libro que yo me llevaría a una isla desierta serían los poemas de Pierre Reverdy. Era aquel Paris de hace justo ahora cien años. En 1917, Reverdy sacó unos cuantos números de la revista Nord Sud, donde teorizó sobre el cubismo y publicó a poetas que investigaban en poesía lo mismo que los pintores. Eran todos amigos, entre ellos, también Juan Gris y María Blanchard. La poesía de Reverdy ha pasado sin pena ni gloria, el cubismo sintético tuvo su momento, y pasó. No hay nada de excepcional, ni ha habido grandes repercusiones. Para lo pretencioso, estaba ya muy cercano el surrealismo. Lo de ellos fue algo sutil que pasó casi inadvertido. Reverdy continuó publicando, retirado y en silencio, hasta su muerte, en 1960. Pero en aquellos años, era 1917, todos, bajo el paraguas de la amistad y la breve efervescencia, rompiendo la forma y soltándose, iban tras el rastro de un raro silencio. Yo creo que muy atinadamente

16 nov. 2017

La cura

Para lo que voy a decir, me voy a la sensación, que a fin de cuentas es ese mecanismo por el que algo externo es percibido en contacto con el propio cuerpo. Están los cinco sentidos. La sensación pone en contacto, nos saca del interior, nos saca de lo que podríamos denominar el mundo subjetivo, ese run-run psicológico. Nos lleva al mundo, a eso de fuera, o trae el mundo hasta dentro. A fin de cuentas, nos entrelazamos. Pero la sensación, en un principio, siempre es algo extraño, viene de fuera y necesita ser convertida en signo, ser codificada, para nuestra tranquilidad. Ese olor indefinible, ese sonido extraño, ese matiz de la luz.. cada sensación necesita ser transformada en sentido del mundo.

Y ahí es donde hemos perdido terreno....

Dice Suely Rolnik, a quien leo brevemente esta noche por internet, “en la relación entre la subjetividad y el mundo interviene algo más que la dimensión psicológica que es, para nosotros, la más familiar. Defino lo psicológico como las facultades de memoria, inteligencia, percepción, sentimiento, etc.; es decir, como el operador pragmático que nos permite situarnos en el mapa de los significados vigentes, funcionar en este universo y manejarnos en sus paisajes. Ese «algo más» que interviene en nuestra relación con el mundo se produce en otra dimensión distinta de la subjetividad y bastante desactivada en nuestra sociedad.”

Creo que se entiende con un ejemplo. Cezane decía: pinto sensaciones. El arte, la experiencia estética, es construir sentido. Eso es lo que está desactivado en nuestro mundo y la historia de esta desactivación corre pareja con la historia de la psiquiatría. O sea, vamos enfermando a medida que perdemos capacidad poética.

Dice Suely Rolnik:

Para el psicoanalista inglés D.W. Winnicott, la cura no tiene que ver con la «salud psíquica» que se evalúa según el criterio de fidelidad a un código: un proceso equilibrado de identificaciones del ego con imágenes de los personajes que componen el mapa oficial del medio, y un mapa que se define por la inserción socio-económico-cultural de la familia...”


En contraste con ello, la cura tiene que ver con la afirmación de la vida como fuerza creadora, con su potencia de expansión, lo que depende de un modo estético de aprehensión del mundo. Tiene que ver con la experiencia de participar en la construcción de la existencia, lo que —según el psicoanalista inglés— da sentido al hecho de vivir y promueve el sentimiento de que la vida vale la pena ser vivida. Se trata de lo contrario de una relación de complacencia sumisa, marcada por una disociación de las sensaciones y por la desactivación de la ensoñación, pues tal relación acaba promoviendo un sentimiento de futilidad asociado a la idea de que nada tiene importancia.”


21 oct. 2017

Ríos: Agustin Penón a orillas de García Lorca

Uno sabe que el azar esconde designios no visibles, no hay coincidencias, pero este verano he cruzado con fascinación múltiples entrecruzamientos que casi mostraban el vislumbre de su nervadura. Uno de ellos ocurría en la callejas de Granada, con un entrañable amigo hablándome de manera apasionada de la investigación que Penón hizo durante los años 1956 y 1957 en Granada sobre García Lorca. Tuve entonces la intuición de que se estaba dirigiendo a alguna parte escondida de mi mismo.
Ahora tres meses después, soy yo el que llevo, como él, el volumen de 800 páginas a donde quiera que vaya. Todo empieza antes de las ocho, en una cafetería de la plaza de los Fueros. Allí junto al café, leo unas cuantas páginas. Ayer, encogido, leía como Penón en apenas diecisiete líneas rememora el recorrido en hacinados camiones de quienes iban a ser fusilados: los llevaban desde el gobierno civil, subiendo la cuesta Gomérez y cruzando jardines de la Alhambra hasta las tapias del cementerio. Todavía entonces, en aquellos años cincuenta,las  tapias estaban aún acribilladas. 
No pude seguir y después de un instante emprendí la subida al edificio de oficinas. En el primer tramo  de la larga escalinata hay tomillo. Llovió ayer al fin este otoño, y el agua, a esa hora de la mañana, había despertado como nunca el aroma. No sé lo que hice con las manos, pero todo mi pecho quería ser manos abiertas, parecía que yo tuviera que llevar ese aroma a algún sitio ayer mismo y para siempre estar llevando ese aroma a algún sitio. No sé qué le podemos ofrecer a la memoria de lo absolutamente truncado.  No sé qué manos abiertas pueden contener un aroma imposible.
Lo que ha sucedido, y sabemos de sobra, sigue sucediendo, sin embargo, una y otra vez, quizás buscando un lugar entre el aroma.
En algunos casos excepcionales, el aroma se convierte en voz que nombra el río del silencio. Esta mañana, unas cuantas páginas más allá, Penón me lo cuenta, me dice que escuche el silencio del propio García Lorca.  Esta misma mañana leo  un artículo que Vicente Aleixandre escribió el año 1937 sobre Federico. Penón  copió a mano el artículo que alguna de las numerosas personas con las que trató le mostró:
“En las altas horas de la noche, discurriendo por la ciudad, o en una tabernita (como el decía), casa de comidas, con algún amigo suyo, entre sombras humanas, Federico volvía de la alegría como de un remoto país a esta pura realidad de la tierra visible y del dolor visible. El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía  algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, pasándole por su cuerpo y su alma sangres, remembranzas, dolor, latidos de otros corazones y otros seres que eran el mismo en aquel instante, como el río de todas las aguas que le dan cuerpo, pero no límite. La hora muda de Federico era la hora del poeta, hora de soledad... cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.”

25 may. 2017

Bosque

Hay embeleso y brisa en la sombra
de las hojas. Las mueve bajo la luz
un sonido límpio de insectos.
Ellas cruzan la respiración
junto a las hormigas.
Ellas deshacen el cuerpo y extienden
los brazos, unas pocas palabras,
el recuerdo lejano de un hogar,
una ternura de piel, alas
y la risa en el roce.
Es así, es así, amor mío, cuando entras al aire.

19 may. 2017

Contingencia, según Agamben y Melville


Alguna vez yo podría escribir, apenas pensando en algunos amigos y gente querida, podría escribir sobre un extraordinario texto de Giorgio Agamben, donde a propósito de otro pasaje también sublime, el relato de Melville, Bartleby el escribiente, Agamben desenreda un hilo fastuoso sobre la contingencia . O yo podría no escribir. Pero esta tarde, pensando en esos amigos, en las personas más queridas, traigo apenas unas frases de ese texto. Y las traigo por el aire que esas palabras mueven. Parecía así el aire que me iba moviendo esta tarde, porque ocurre a veces eso raro del estar caminando sin apenas llegar.

Me refiero al aire que mueve el recuerdo de lo que nunca ha sucedido. De lo que nunca llegó. El recuerdo que recupera el espacio intermedio, la brecha, eso sin lugar. Existe el territorio de la suspensión. Ni lo que es ni lo que no es. Ni lo que ha sido, ni lo que no podrá. La abertura entre el poder ser y el poder no ser. Existe el instante del flujo, el río suspendido en mitad de su vivir. Hay ese recuerdo que rescata el lugar del asombro, el vivir en toda su potencia que es justo su im-potencia. Existe el derecho a poder no ser. Sin llegar, sin apenas llegar. Sin tener que ser ni no ser.

Escribe Agamben, citando a su vez a Benjamin:

“Benjamin expresaba en cierta ocasión la clase de redención que encomendaba a la memoria a modo de una experiencia teológica que el recuerdo hace con el pasado.

Lo que ha sido establecido por la ciencia, escribe, puede ser modificado por el recuerdo. El recuerdo puede hacer de lo incumplido (la felicidad) algo cumplido, y de lo cumplido (el dolor) algo incumplido. Esto es teología, pero es que, mediante el recuerdo, hacemos una experiencia que nos impide concebir la historia de un modo ateológico, al mismo tiempo que nos impide absolutamente escribirla con conceptos teológicos.

El recuerdo restituye al pasado la posibilidad, dejando irrealizado lo ocurrido y realizado lo que no ha ocurrido. El recuerdo no es ni lo ocurrido ni lo no ocurrido, sino su potenciamiento, su volver a ser posible. Bartleby cuestiona el pasado de esa manera: lo reclama. No simplemente para redimir aquello que ha sido, para hacerlo ser de nuevo, sino para reconducirlo a la potencia, a la indiferente verdad de la tautología. El preferiría no hacerlo es la restitutio in integrum de la posibilidad, que la mantiene a mitad de camino entre el acaecer y el no acaecer, entre el poder ser y el poder no ser. Es el recuerdo de lo que no ha sucedido”

Sabemos, nosotros habitamos la necesidad inculcada de alcanzar el mejor de los destinos posibles, algo que es por lo menos fariseo, como dice Agamben, pero que realmente es cruel. Esa es la fina crueldad que atraviesa nuestro mundo. Bartleby reclama la potencia del no, o sea la im-potencia. Bartleby reclama la memoria de todas esas cartas que nunca llegaron a su destino. Él no redime el pasado como un nuevo Mesías, él redime lo que no ha pasado.

Porque, amor mío, nuestra manera de ser felices sucedió en la intensidad del trazo de toda nuestra posibilidad.

16 abr. 2017

Sesión doble: Kaurismäki y el cubano Fernando Pérez

Después de ver la película Al otro lado de la esperanza, tomamos un café, y cruzamos la calle para echar un vistazo a la cartelera del cine de enfrente. Cuando leímos la reseña de Los últimos días en la Habana lo tuvimos muy claro: era un tarde perfecta para una sesión doble, además día del espectador. Entramos otra vez al cine, algo dentro de nosotros había intuido la necesidad de equilibrar el magistral hieratismo de autor finlandés con un golpe de mar, y concretamente de mar y de voz caribe.

Lo que surgió por azar e intuición, lo recomiendo ahora con pasión. Ver ambas películas, las últimas de Aki Kaurismäki y del cubano Fernando Pérez, con apenas el intervalo de un café.

Para nosotros las dos películas terminaron dialogando al final de la noche de una manera sutil y exquisita. La última imagen de la primera, el protagonista mirando el mar finlandés, había abierto la sugerencia inconsciente de otro lado para la esperanza más allá del mar. Luego, mientras caía la nieve casi como una metáfora a las doce de la noche junto a los créditos de la segunda película, parecía que nosotros ahora regresábamos secretamente a Finlandia. Era miércoles, apenas éramos diez en la sala. Y alguien repetía varias veces, a intervalos, como confirmando su asombro interior: no hay música, no hay música. Los créditos caían  en silencio y ninguno nos movíamos.

Hay un haiku de Yosa Buson (1716-1784) que he leído hace poco:

Zumba el mosquito
por cada flor que cae
de madreselva

Yo estoy empeñado en interpretar el haiku, que casi siempre consta de dos focos de atención, como una imagen poética en la que ambos focos o partes están perfecta y a veces secretamente engarzadas, por supuesto, sobre todo cuando estamos ante un buen haiku. Descubrirlo es siempre la tarea del lector. Cuando leía este de Buson me preguntaba por el vínculo entre el zumbido del mosquito y la caída de la flor de la madreselva. Dos realidades aparentemente alejadas.

No hay música. No hay música, decían detrás de mi, la otra noche. Y es justo ese asombro del silencio lo que creo que percibió Buson viendo caer la flor de la madreselva. Por eso el mosquito, para el autor, solamente zumba cuando cae la flor haciendo sonar el silencio, prestando voz al silencio de la flor de la madreselva, dos caras de una misma realidad que en ese instante se muestra completa y única.

Tal como la nieve cayendo junto a los créditos estaba mostrando en aquella sala el zumbido de la vida que nos había noqueado durante casi dos horas. O tal como la imperturbabilidad y distanciamiento escénico de los personajes kaurismaskianos, por el contrario, revela la sordidez vital de un viejo y anquilosado continente. Parece que la vieja Europa, como lugar y proyecto de vida en común, ha ido dejándose a lo largo de su historia parte de su vitalidad y frescura quizás allende los mares, quizás en sus colonias. Vayan, vean los edificios mordidos por el tiempo y la escasez que son el escenario de la película de Fernando Pérez. Vaya y vean y oigan qué bulle dentro de ellos.


El otro lado de la esperanza, sin embargo, pasa por y exige a ambos lados del mar el cuidado, el cuidado del otro, también el otro de uno mismo, como se me antoja apreciar en la imagen que encabeza este artículo perteneciente a Los últimos días en la Habana, esto es a través del vínculo de los dos protagonistas: un cuerpo lleno de vida que no puede moverse, frente a una vida que no termina de florecer en un cuerpo sano. Finalmente, cuidar, cuidar y dejar hacer a eso otro nuestro dentro de la propia sociedad que son las generaciones más jóvenes. Cuidar: este es un vínculo más que une ambas películas, justo ahí al otro lado de la esperanza, exactamente, exactamente como las dos partes de un buen haiku.
Ana Victoria Pérez era el último nombre de los créditos. El universo tiene túneles imaginarios que constituyen nuestros mejores y más deslumbrantes caminos.  

2 abr. 2017

La extensión

...entre el frescor del viento
y la lágrima
la campana de la tarde alejándose.
La claridad se extiende
y vacía.
Sin sonido.
Sin significado
hay más espacio dentro.
El agua es la virtud del aire,
así resbala por la piel.

9 ago. 2016

La brecha o la distancia habitable


Suele ocurrir que el poema que nace más dudoso, desde la pura perplejidad, termina por hacerse camino y mapa de los que lo frecuentamos. Sus versos, cargados de silencios, terminan siendo nuestras proclamas a pesar de su precariedad y falta de certezas. “Y, sin embargo, ser no tiene vuelta de hoja…” decía Nicolás Valencia en uno de los pocos poemas que él mismo salvó de entre todos sus escritos, que en su mayoría destruyó y que en muy raras ocasiones quiso compartir. Él vivió “tentando los límites” de ser, apurando la fragilidad de la hoja, “insegura de raíz en el árbol”, asomado al vértigo que siempre termina por aparecer como un viaje mortal: “cuando caes, ya lo que era, es. / Entonces vuelta a empezar.” Comenzar la vida un día después de otro, “muriendo a cada paso”. “Deja que la mentira te ayude o / llámalo dios si así te parece.” Él, sin embargo, miraba la vida desde la desnudez, sin apenas ayudas. Inevitablemente tantas veces terminaba por huir, torcía una y otra esquina hacía sí mismo, dejándonos aquella ráfaga pertinaz de sus ojos azules, en el fondo de los cuales, paradójicamente, se adivinaba una extraña serenidad que contradecía la huida; su mirada, enigmática como los nombres a los que interrogaba.

Lo cierto es que a pesar de todo amanece y
los nombres brillan como estrellas limpias,
enigmáticos en su cercana lejanía.
¿Tienen carne y hueso los nombres?
Deja que te mire, si me caes bien
puede que pronuncie el tuyo y durmamos al fin,
yo, que ni nombre ni carne ni hueso ahora,
ahora que vuelo extrañado.

Y así extrañado, torció aquella esquina de la avenida de Portugal de Leganés, después de que su mirada me interrogara, o me buscara a través de la espesura de tanto silencio como todos tenemos acumulado y no sabemos decirnos, buscando un nombre imposible, las palabras que aquella tarde se nos resistían a los dos y que nunca podrían ya enlazarnos. No lo volví a ver. Me quedó de aquella mirada una abertura, me quedó un espacio semejante al roce entre dos palabras cuando ellas abren el silencio de un poema, éramos él y yo, y entre los dos, precisamente, el entre, la brecha, la abertura, eso algo habitable, a la vez que imposible. El encuentro con lo que jamás podrá encontrarse, si recordamos a Celan.  Fue dos meses antes de su muerte, a finales del 2008. Entonces sus amigos esperamos las palabras de aquellos pocos poemas que él, tiempo antes, había entregado a Andrés Mencía, impulsor y alma de aquel Colectivo Patrañas de Leganés, quien con tanto cariño se esforzó para publicarlos en la colección de poesía de Patrañas Ediciones. Del libro Sala para fumadores, dividido en tres partes quiero resaltar aquí la central que, bajo el título de Y lo que vino después, contiene un puñado de poemas que constituyen en realidad distintos acordes de un único poema. Su tema principal es la palabra y la incomunicación que esta acarrea, o lo contrario, la búsqueda de la comunicación a pesar de la palabra, algo que bien podría definir la tarea de todos aquellos que alguna vez se han adentrado sin remedio en las brumas de la poesía, de una determinada manera de entender el poema, aquella que tiende al silencio.

se hará el silencio, olvidado en horas, en días de ruido,
para al fin nombrarnos sin ellas: dentro.

“Si somos palabra, a mí que me arranquen la lengua”, proclama Nicolás con contundencia, consciente de la perversidad del lenguaje como vehículo de poder. Decir poder arrastra necesariamente hacia el otro lado, hacia el margen, si queremos mirar, y esa era precisamente la mirada que Nicolás era incapaz de evitar, la del dolor y el sufrimiento. Un dolor que nunca obtuvo de él la más mínima complacencia, porque rechazó cualquier “refugio en la teoría”, porque percibía la vida sin filtros protectores.

¿Hay algo que decir?
Me falta el aire pero fumo con ganas.
Vuelvo a casa.
De todo lo que ocurre, he vivido vuestra locura hoy,
la que desgarra.
Fuera juegan los muchachos sanos, felices. Nada.
No hay motivo para que gritéis,
¿qué importa que otros lo hagan?
Ellos son los que desean morir,
¿quién dijo que somos un destino de muerte?
Presente es el amor quebrado, roto.
Observo y siento vuestro grito silenciado,
a duras penas audible tras estas paredes viejas.
No hay motivo para llorar,
las historias tristes también me gustan.
Estamos juntos, ¿qué otra cosa se os ocurre?

De todo, esto fue el título que dio a este poema escrito en una clínica psiquiátrica. A los psiquiatras dedicó Nicolás demasiado tiempo y parece que ellos no supieron ni siquiera acompañarlo. Escribe Andrés Mencía en el postfacio: “No faltarán, sin embargo, quienes resuman la propuesta poética de Nicolás Valencia como los poemas de un esquizo. Dirán una gran verdad. Es más, difícilmente se puede escribir ya poesía lejos de la esquizofrenia que nos atormenta a la mayoría. Pero es una verdad inútil. De su Sala para fumadores, lo que merece la pena destacar es que en cada uno de sus poemas aletea el asombro, y que en ellos se abre paso una propuesta de otro mundo…” Estamos juntos,… quizá no hay mucho más que hacer o decir o sentir... si todo finalmente conduce al silencio, este podrá ser un silencio fecundo.

Así dicho, sin palabras o con tus ojos charlatanes,
lo que parecía cae en mi tierra y germina.
.
Ahora sé que lo otro no era nada, nada de nada, y
que es tan ancho como el mundo el hombre y
sin embargo todo es cercanía, o sea,
lo que conocemos en el principio.


Esta es la respuesta de Nicolás, desbrozada en poemas que aluden al innombrable territorio de lo que parecía… germina, lo que era, es… se trata de una especie de territorio perdido quién sabe en qué lugar de nuestro ser, en todo caso intuido como imposible.

Ahora lo sé, pero no quiero nombrarlo para ti,
sería el fin.
Instante en que te quiero y se escapa.

Silencio. Y fertilidad del silencio. Porque queda algo dentro, ahí, detrás del cristal de la mirada, brecha o abertura, y el que no quiere o no sabe mirar o aparta su mirada con miedo o cordura es el que realmente está comenzando a morir. Queda la fuerza de aquella mirada destilada en unos cuantos poemas, unos cuantos retazos de vida que con intensidad fijó, y queda la transparencia de sus ojos azules desmintiendo su huida, presentes aún cuando él ya había torcido la esquina en la avenida de Portugal, presentes aún hoy. “Entonces, eso será puro lenguaje”, dejó dicho en Eso, un poema impresionante en el que suplica: por favor, mírame…para cerrar mis ojos y que sean los tuyos los que amen, ahora no puedo.

Entonces, eso será puro lenguaje.

Entre una palabra y otra, en cada tú y cada otro, hay una distancia habitable y, a veces, el roce desgarra la abertura de un espacio destinado al aliento, como dejó escrito Celan.

Hondo
en la grieta de los tiempos,
junto
al hielo panal
espera, un cristal de aliento,
tu irrevocable
testimonio.

Sala para fumadores es cristal de aliento, espacio para la respiración, en este mundo de sanos y pulcros y cuerdos y sensatos, un irrevocable testimonio.

En el milagro de permanecer juntos
huyo por el albañal, que la asepsia, como
la democracia, siempre me suscitó dudas.


Nota: La edición de Sala para fumadores, Patrañas –Ediciones, Junio 2009, queda tan lejana y además se agotó enseguida, pero es posible descargar el libro en pdf en el siguiente enlace:



Enrique Pérez Arco, Septiembre 2009






24 may. 2016

Clarisse Nicoïdski, el poema sefardí, un lugar para las cosas más ciertas


El color del tiempo es un pequeño libro de poemas de 120 páginas, publicado por la editorial mexicana sextopiso. Como está dicho en la misma portada, el libro contiene los poemas completos de Clarisse Nicoïdski, (1938-1996) autora que vivió en Francia. Escribió novela, en frances, pero su producción poética, la de toda una vida, escrita en sefardí, fue muy escueta. Esto, por sí solo, haría ya sospechar un algo de verdad en sus poemas. Acercándome a los escasos ejemplos que circulan por la red, lo confirmo enseguida. Y entonces busco el libro, porque el libro y su voz, la textura del ladino, el sefardí, contiene la lengua y la traza de país que se llevaron consigo los judíos expulsados de España hace 500 años, porque el libro y un algo de resonancia secreta empezaron a tirar también de los hilos de mi cuerpo.
De pronto caigo en la cuenta de que mis últimas lecturas, las de estos dos meses, son todas de autores judios: Spinoza, Bergson, Mandelstam... y Meschonnic, que fue traductor de la Biblia y que realizó una apasionada labor de recuperación del ritmo original del hebreo. He ido dando saltos y enhebrando todos estos intereses sin tener conciencia del hilo que los unía, hasta hoy, al recuperar la voz sefardí de Clarisse Nicoïdski, al penetrar la dulzura de su íntima oscuridad.

Todos sabemos, pero vuelvo a contarlo. He abierto después de más de treinta años la breve historia de España de Pierre Vilar, que todavía conservo, y refresco su lectura, allí donde explica de qué manera la reconquista quebró la convivencia.
Cuando los Reyes Católicos suben al trono, hace ya siglo y medio que la influencia de los judíos en las altas esferas, y el trabajo más humilde de los artesanos y campesinos moros al servicio de los nobles cristianos, excitan la envidia de las clases populares de estirpe cristiana.”
El orgullo de origen, de limpieza de sangre, compensa en los vencedores de la reconquista, el temor de la superioridad material, demasiado sensible, del vencido.”

Me parece muy importante este enfoque, porque hay una tendencia que interpreta la historia bajo esa dualidad simple del poderoso frente al pueblo. Y todo es un poco más complejo. En este caso, el bajo clero, curas y frailes, cercanos al pueblo llano, aprovechando envidias de vecinos y mirando por su influencia, empujaron a las conversiones forzadas, en masa, y fueron el origen de movimientos populares violentos y matanzas, como las de los judíos en el Levante, en 1391.

Sobre esta base social quebrada, finalmente el poder termina decretando la expulsión de judíos y moriscos, y creando y sosteniendo durante varios siglos la inquisición, que tantos servicios de atroz limpieza estuvo ofreciendo, en este, y en otros terrenos.

Los judíos expulsados de España, los sefarditas, guardaron la oscuridad y su cruda nostalgia de un lugar para las cosas más pequeñas y ciertas del vivir, guardaron su origen en la lengua, en la intimidad de las palabras, en la voz baja, en la distancia corta de la confidencia, una lengua solo para decirse por dentro. Allí donde fueron, algunos guardaron, para el cuerpo, para casa, un tesoro casi intacto. Quinientos años después Clarisse Nicoïdski, con una textura de voz, tan semejante a la de entonces, recogiendo los hilos secretos del propio cuerpo escribe cosas como estas.

scrita
racha di la primer scrituria
palabra di una lingua pardida
aprovu intinderti
cuandu durmin lus ojus la cara la frenti
cuandu
no sos nada mas qui un barcu al fin di su viaje
nada mas qui una scrituria muda
…..
palabra de una lengua perdida
intento escucharte
cuando duermen los ojos la cara la frente
cuando
no eres más que un barco al final de su viaje
nada más que una escritura muda
…........
mi staré callada
adientru de mi
un candil inciendi gritus qui no savis sintir
mi arasgan
la sangri
y mi dexan in las manus tan quietas
esta ciniza quimandu
para destruyir
mi boca
…...
mus quidaremus aquí
aspirandu
aspirandu qui nada venga
qui nungunu mus topa
tumaremus il tiempu in un djaru
lu biviremos
si quidarán quietas
mi voz y la tuya
stamus solus
…...
ansia
cumiendo mi luz
biviendu mi soplo

mi arasgas
ni la curilada oscuridá
di mi pinser
di mi temblor

qui dizirás?
in tu boca
as palavras puedin ser piedras

i puedin ser palavras

qui dizirás?
…..
Ansia
comiendo mi luz
bebiendo mi soplo

me desgarras
en la colorada oscuridad
de mi pensar
de mi temblor

qué dirás?
en tu boca
las palabras pueden ser piedras

y pueden ser palabras

qué dirás?
…..
una mano tomó la otra
le dijo no te escondas
le dijo no te cierres
le dijo no te espantes

una mano tomó la otra
puso un anillo al dedo
puso un beso en la palma
y un puñado de amor

las dos manos se tomaron
levantaron una fuerza
para tirar paredes
para abrirse los caminos
.....
una manu tumo l´otra
li dixu di no scundersi
li dixu di no sararsi
li dixu di no spantarsi

una manu tumo l´otra
mitio un aniu al dedu
mitiu un bezu in la palma
i un puniadu di amor

la dos manus si tumarun
aliviantarun una fuarza
a cayersi las paredis
a avrirsi lus caminus