18 may. 2009

Consuelo, de Nicolás Valencia

Mudos los árboles,
rogué un límite a todo aquello
que turbaba mis días,
te exigí un equilibrio en las imágenes.
El lugar del equilibrio lo ocupó una niebla
tan llena de silencio y llagas
difíciles de sanar
que, insinuado el bosque, me adentré sin más.
Temeroso de no encontrar la salida
giré la espalda, viré la vista y
fue como con un gajo de limón
que brotó la lágrima perdida.
Oscuro se oye el coro,
estéril mi cordura,
ya jamás negaré lo que es mío
pues locos sois vosotros, nuevos muertos de oro.

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