5 dic. 2012

El innombrable, Samuel Beckett

Por consiguiente, no pongamos nada, ni que me muevo, ni que no me muevo, lo que es más seguro, pues esto no tiene importancia, y pasemos a las cosas que la tienen. ¿Cuáles? Esta voz que habla, sabiéndose mentirosa, indiferente a lo que dice, demasiado vieja quizá y demasiado humillada para poder decir alguna vez, finalmente, las palabras que la hagan cesar, sabiéndose inútil, para nada, esta voz que no se escucha, atenta al silencio roto ella, por donde quizá un día recuperará el prolongado suspiro claro de adviento y de adiós, ¿es acaso una voz? No plantearé más preguntas, no hay más preguntas, no conozco ninguna más. Ella sale de mí, me llena, clama contra mis paredes, no es la mía, no puedo detenerla, no puedo evitar que me desgarre, me sacuda, me asedie. No es la mía, no tengo, no tengo voz y debo hablar, es cuanto sé, a esto es a lo que hay que darle vueltas, a propósito de esto debe hablarse, con esta voz que no es la mía, pero que no puede ser más que la mía...

El innombrable,
Samuel Beckett,
Ed. Lumen, 1971
Traducción R. Santos Torroella.