23 abr. 2014

De Clarice Lispector, Agua viva


Voy a hablar de lo que se llama la experiencia. Es la experiencia de pedir socorro y que el socorro nos sea dado. Tal vez valga la pena haber nacido para implorar un día calladamente y calladamente recibir. Yo pedí socorro y no me fue negado. Me sentí entonces como si fuese un tigre con una flecha mortal clavada en la carne que estuviese rondando lentamente a las personas temerosas para descubrir quién tendría el valor de acercarse y quitarle el dolor. Y entonces hay alguien que sabe que un tigre herido es tan peligroso como un niño. Y acercándose a la fiera, sin miedo a tocarla, arranca la flecha clavada.

¿Y el tigre? No se puede dar las gracias. Entonces doy un par de vueltas lentas frente a la persona y dudo. Me lamo una de las patas y después, como no es la palabra lo que entonces tiene importancia, me aparto silenciosamente.

¿Qué soy en este instante? Soy una máquina de escribir que hace sonar las teclas secas en la húmeda y oscura madrugada. Hace mucho que ya no soy humana. Quisieron que fuese un objeto. Que crea otros objetos y la máquina nos crea a todos nosotros. Ella exige. El mecanismo exige y exige mi vida. Pero yo no obedezco del todo; si tengo que ser un objeto que sea un objeto que grita. Hay algo dentro de mí que duele. Ah cómo duele y cómo grita pidiendo socorro. Pero faltan lágrimas en la máquina que soy. Soy un objeto sin destino. ¿Soy un objeto en manos de quién? Tal es mi destino humano. Lo que me salva es que grito. Yo protesto en nombre de lo que está dentro del objeto más allá del más allá del pensamiento-sentimiento. Soy un objeto urgente.

Ahora silencio y leve sorpresa.

Porque a las cinco de la madrugada de hoy, 25 de julio, he caído en estado de gracia. Ha sido una sensación súbita, pero dulcísima. La luminosidad sonreía en el aire, exactamente eso. Era un suspiro del mundo. No sé explicarlo como no se sabe explicar la aurora a un ciego. Es inefable lo que me ha sucedido en la forma de sentir, necesito rápidamente tu empatía. Siente conmigo. Sería una felicidad suprema.

Pero si has conocido el estado de gracia reconocerás lo que voy a decir. No me refiero a la inspiración, que es una gracia especial que tantas veces sucede a los que tratan con el arte.
El estado de gracia de que hablo no se usa para nada. Es como si sólo llegase para que se supiese que se existe realmente y que existe el mundo. En ese estado, además de la tranquila felicidad que irradian las personas y las cosas, hay una lucidez que llamo leve sólo porque en la gracia todo es leve. Es la lucidez de quien ya no necesita adivinar; sin esfuerzo sabe. Sólo eso, sabe. No me preguntes qué, porque sólo puedo responder de la misma manera: se sabe. 

Y hay una bienaventuranza física que no se puede comparar con nada. El cuerpo se transforma en un don. Y se sabe que es un don porque se está sintiendo, de una fuente directa, la dádiva de repente indudable de existir milagrosa y materialmente.

Todo adquiere una especie de aura que no es imaginaria, viene del esplendor de la irradiación matemática de las cosas y del recuerdo de las personas. Se empieza a sentir que todo lo que existe respira y desprende un finísimo resplandor de energía. La verdad del mundo, sin embargo, es impalpable.

No es ni de lejos lo que a duras penas imagino que debe de ser el estado de gracia de los santos. Este estado no lo he conocido nunca y ni siquiera puedo imaginarlo. Es sólo la gracia de una persona normal que la hace de repente real porque es normal y humana y reconocible.

Los descubrimientos en ese sentido son inefables e incomunicables. E impensables. Por eso en la gracia me mantuve sentada, quieta, silenciosa. Es como una anunciación. Que no está, sin embargo, precedida por ángeles. Pero es como si el ángel de la vida viniese a anunciarme el mundo.

Después, lentamente salí. No como si hubiese estado en trance –no hay ningún trance-, se sale poco a poco, con el suspiro de quien lo ha tenido todo como el todo es en sí. También es ya un suspiro de añoranza. Porque después de sentir haber obtenido un cuerpo y un alma, se quiere más y más. Inútil querer; sólo viene cuando quiere y espontáneamente.

Esa felicidad quise eternizarla a través de la objetivación de la palabra. Inmediatamente fui a buscar en el diccionario la palabra beatitud que detesto como palabra y vi que quiere decir gozo del alma. Habla de felicidad tranquila; yo la llamaría sin embargo transporte o levitación. Tampoco me gusta lo que sigue en el diccionario, que dice: “De quien se abstrae en contemplación mística”. No es cierto, yo no estaba de ningún modo en meditación, no hubo en mí ninguna religiosidad. Había acabado de tomar café y estaba simplemente viviendo allí sentada con un cigarrillo quemándose en el cenicero.
Vi cuando empezó y se apoderó de mí. Y vio cuando se fue desvaneciendo y terminó. N o estoy mintiendo. No había tomado ninguna droga y no fue una alucinación. Yo sabía quién era yo y quiénes eran los otros.

Pero ahora quiero ver si consigo aprehender lo que me ha sucedido usando palabras. Al usarlas estaré destruyendo un poco lo que sentí, pero es inevitable. Voy a llamar a lo que sigue “Al margen de la beatitud”. Empieza así, muy lentamente:

         Cuando se ve el acto de ver no tiene forma; lo que se ve a veces tiene forma, a veces no. El acto de ver es inefable. Y a veces lo que se ve también es inefable. Y así es cierta forma de pensar-sentir a la que llamaré “libertad”, sólo para darle un nombre. La libertad en sí – como acto de percepción- no tiene forma. Y como el verdadero pensamiento se piensa a sí mismo, esa especie de pensamiento alcanza su objetivo en el propio acto de pensar. No quiero decir con eso que sea vaga o gratuitamente. Sucede que el pensamiento primario -como acto de pensamiento- ya tiene forma y es más fácilmente transmisible a sí mismo, o mejor, a la propia persona que lo está pensando; y tiene por eso – por tener forma- un alcance limitado. Mientras que el pensamiento llamado “libertad” es libre como acto de pensamiento. Es libre hasta el punto de que al propio pensador este pensamiento le parece no tener autor.

El verdadero pensamiento parece no tener autor.

Y la beatitud tiene esa misma marca. La beatitud empieza en el momento en que el acto de pensar se libera de la necesidad de forma. La beatitud empieza en el momento en que el pensar-sentir sobrepasas la necesidad de pensar del autor; éste no necesita ya pensar y se encuentra cerca de la grandeza de la nada. Podría decir del “todo”. Pero todo es cantidad, y la cantidad tiene límite en su propio inicio. La verdadera inconmensurabilidad es la nada, que no tiene barreras y donde uno puede explayar su pensar-sentir.


Esta beatitud no es en sí laica o religiosa. Y todo eso no implica necesariamente el problema de la existencia o no existencia de un Dios. Lo que estoy diciendo es que el pensamiento del hombre y la manera cómo ese pensar-sentir puede llegar a un grado extremo de incomunicabilidad que, sin sofisma o paradoja, es al mismo tiempo para ese hombre, el punto mayor de comunicabilidad. Él se comunica consigo mismo.

Clarice Lispector,
Agua viva,
Siruela, 2012