12 dic. 2014

¿DÓNDE LA SALIDA?





Entré en Madrid llorando. Inexplicablemente mi fragilidad decidió rendirse desde el principio, prefirió soltar así cualquier resistencia. Algo difícil de medir, algo de inhumana inmensidad aplasta ahí dentro, de manera constante, lo poco que somos. Sostenerse es inútil, hemos perdido mucho antes. Sin comienzo. No hay forma de salir indemnes del intricado mapa de la existencia. Cualquier expectativa será, antes o después, rota. Madrid, a las nueve de la noche, antes de Navidad, rebosando luces, ríos de coches, en su centro, conducido por el tráfico, masticado, deglutido en su tránsito intestinal. Llorar como buscando el último atisbo de salida después de más, mucho más de una hora, o acaso… acaso más de media vida. Llorar inútilmente desde el interior de una metáfora sucia. Desconocer la falta de esperanza. Llegar, sí, ¿pero dónde la salida? Realmente nunca llegué a salir de Madrid.
Despierto tarde.
El sol cae a lo largo de la calle Mesón de Paredes, rueda calle abajo, agua abajo, cualquier mañana laborable que debe de ser hoy. Lentitud del bullicio, gestos y mescolanza del origen proclamando lejanías en cada rostro con el que me cruzo. Pero también voces, múltiples acentos aquí al lado, junto a mí, diciéndose cerca uno al otro, diciéndose sin más pretensión  que el día a día, y yo tan lejos de todos, aquí al lado, cualquier día laborable, sin mucho que hacer tampoco.
Por instantes, cuando escucho, parece que cada voz podría adelgazarse hasta la amistad. Esto sería posible en cada caso, uno por uno, al menos tengo esta certeza.
Regala a veces la vida mañanas como esta en Lavapiés, sin nada que hacer, sin nada que esperar, tan solo este ahora mismo que muestra la inutilidad de cualquier pasión, el sinsentido de la más mínima agresión, todo eso con lo que vamos acumulando días y días… empeñados en defender no sé qué inútil, pequeño territorio de cada cual.
Aquí, ahora, todo está ocurriendo igual que ocurre la luz. Casi parece que la falta de esperanza pueda ser habitable. ¿O es acaso que me engaño como siempre? Es sólo una mirada, esta de ahora mismo, ya lo sé. Pero sólo tengo esta mirada fugaz de ahora mismo para ofrecer. No tengo nada más que esto que se me cae instante a instante de las manos, y hay que volver a inventarlo una y otra vez.  Aquí, justo en el centro de Madrid. Escribirlo no tiene más valor que la ficción de decirnos un poco al cruzarnos por la acera.
Hoy la luz es algo parecido a la amistad de no pedir mucho más que lo que realmente está ocurriendo  cuando se comparte cualquier relación.  Ese tiento, esa falta de esperanza que, sin embargo, permite el fluir y hace avanzar cada cosa con parsimonia y sensatez de barrio. ¿Es posible la cordura? No lo sé, realmente no lo sé.  Tal parece que tendría que ser aquí, aquí mismo, en el centro de la existencia, con todas las sirenas enloqueciendo las calles y la propia locura del vivir, aquí, bajo la luz, con restos de cartones manchados de vino y sueño mostrando la inutilidad de cualquier pasión, el sinsentido de la más mínima agresión. Aquí, sin salida, bajo la luz.