25 ene. 2015

LA CARCAJADA



El exilio no es un viaje de ida y vuelta, ni residir en la nostalgia. Quizá sea una visita, esperar a ver qué hace el tiempo con uno, salir de uno mismo hacia los demás para conocerse y congeniar, o para que lo propio se encierre en su caparazón.

El exilio es un ejercicio de reflexión sobre lo que no tienes, estupor por no tenerlo.
El exilio educa el cuerpo. Te fascina la belleza de la forma, aunque su significado sea parcial: la perfección es ser consciente de la imperfección.
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Nada supera a la belleza. Pero tú, que en el fondo eres un campesino, estás de parte de los árboles que se reflejan en el río, estas de parte de las palomas, y te demoras largo rato junto a un lirio que crece, solitario, fuera de la maceta... no porque sea, como tú, una especie rara, sino porque se apoya en sí mismo para crecer desvalido.
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El exilio es el viaje del poeta en el poema, un viaje dentro del viaje, pero el lenguaje metafórico siempre vuelve la vista atrás.
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Volver... ¿adónde? Te preguntas mientras cuelgas cuadros en las paredes de tu nueva dirección. Ir... ¿adónde? Lo que tienes por delante es provisional. Lo que dejas detrás, transido de provisionalidad, está disperso. La eternidad que sube con la luz desde el jardín estalla en una carcajada. Le tomas el pelo diciéndole: también tú eres una exiliada.



Mahmud Darwish. En presencia de la ausencia.

Trad. Luz Gómez García. Valencia, Pre-textos, 2011